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¿Independencia total para Groenlandia?

Publicado por Guillermo Muñoz Díaz en Miércoles, 26 Noviembre, 2008

Como siempre que aparece la palabra “independencia”, “autodeterminación” o simplemente “mayor autonomía” en relación a un referendum o a una declaración, los medios de comunicación emiten comentarios grandilocuentes, viendo siempre, un destello, un reflejo en un espejo de nuestro país. Así ocurrió, por ejemplo, en el espinoso caso de Kosovo. Pero cuando nos alejamos en longitud y latitud, los temores van desapareciendo ya que, por fin, aceptamos las diferencias totales en cada uno de los conflictos nacionales.

Esta semana, la ciudadanía de Groenlandia (entorno a los 60.000 habitantes) ha votado a favor de una mayor autonomía frente al Dinamarca, que abre las puertas a una posible independencia en los primeros años de la próxima década. Algo que en los medios nacionales se da casi por hecho, lo que realmente, delata una falta de perspectiva total y una premura inusitada en el juicio de la situación.

Groenlandia es la mayor isla del mundo, cubierta en su mayor parte por hielo. Un hielo en proceso de fusión, que dejaría vastos terrenos a la intemperie, bajo los que se esconden (según se cree) enormes depósitos minerales y petrolíferos. La población, de base autóctona en su mayoría (innuit), se divide, de forma muy dispersa entre pequeñas ciudades costeras alejadas y aldeas tradicionales. A esto, se le suma la occidentalización (paradójico término, al situarse Groenlandia considerablemente al oeste de la metrópoli) urbana fruto de 300 años de colonización danesa. En esta situación, surgen diversas cuestiones que ponen en duda una independecia total de Dinamarca:

¿Cómo organizar un Estado moderno para un nivel de población tan bajo? Parece realmente complicado pensar en una relación de Estado a Estado tal y como se entiende actualmente: desde la creación de un funcionariado propio a un cuerpo diplomático con una presencia más o menos extensa (países nórdicos evidentemente, Unión Europea, Norteamérica, Rusia…). Las infraestructuras necesarias sería además realmente complejas de ejecutar unilateralmente, debido a las condiciones climáticas y orográficas.

¿Tendrían una estructura de Defensa? Este tema, uno de los princiapales símbolos de la independencia de un país, entronca directamente con la protección de la principal riqueza del país: el (posible) petróleo. El recurso más preciado del planeta, en caso de que se comenzase una no muy descabellada explotación, sería un objeto de deseo para más de una potencia. Y Groenlandia sería un país indefenso ante cualquier agresor, ya que su población es inferior al número de soldados de los ejércitos modernos. Su única salida, sería permanecer (como miembro independiente) en la OTAN o recurrir al paraguas de un país extranjero (tal como Islandia, que pese a no poseer ejército, pertenece a la coalición noratlántica y suscribió pactos militares con EE. UU.)

Pero no sólo en el terreno de Defensa deberán recurrir a otro país, a la metrópoli o a un sustituto: la explotación de los recursos es uno de los principales problemas que se les plantea. La tecnología, la inversión y la mano de obra constituyen un obstáculo inicial. Un sistema de concesiones a multinacionales extranjeras supone, de primera mano, una renuncia a la propia independencia recién adquirida (más aún, en un momento controvertido de ese sistema, como ocurre en Sudamérica). La solución alternativa, la imitación del sistema noruego (un país europeo que hace años nacionalizó los hidrocarburos, cosa que actualmente resulta escandaloso para las instituciones europeas cuando ocurre en países latinoamericanos), parece utópico, ya que Groenlandia carece de estructuras y experiencia previas, necesitarían el know how de un país “hermano” de la metrópoli.

Tampoco el modelo de descolonización del Pacífico parece aplicable: en esa región, actualmente, numerosos archipiélagos están creando comunidades de estados más o menos desarrolladas para afrontar su independencia, pero compartiendo unas condiciones comunes: dispersión territorial, pero concentración poblacional, escasez de recursos, nivel medio-bajo de desarrollo, posibilidad de explotación turística…

Por último, tendría un reto no menos importante: cohesionar un sistema de organización político, económico y social incluyente para la ciudadanía urbana y la población innuit tradicional: el modelo de reservas estadounidense sería un insulto al propio país, y el ejemplo australiano (la población occidentalizada concentrada en la costa este, la población aborígen dispersa) es insostenible, dada la total dispersión de la población en la isla. El riesgo de fractura social es el principal enemigo no-económico de un país.

En definitiva, parece difícil pensar que Groenlandia consiga un nivel de independencia como, por ejemplo, Puerto Rico (un país con soberanía compartida); tal vez, territorios como Groenlandia, Aaland, Islas Faeroe o Isla de Man, dado su nivel de vida acomodada lleguen a un punto de autonomía casi total, reservando únicamente lo simbólico a la metrópoli: representación exterior, defensa y soberanía. Administración y tasación, local. Ésta sería una solución lógica, fruto de un mayor desarrollo de la situación actual, pero como siempre son los minerales y el petróleo, la causa de unos problemas asociados a las riquezas de las naciones.

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La nueva Rusia, la energía… y Schröder

Publicado por Guillermo Muñoz Díaz en Jueves, 20 Noviembre, 2008

Con la caída del Muro de Berlín, se cerró la Guerra Fría. Y veinte años después, no faltan voces que apuntan a una reedición de la confrontación, nuevamente contra Rusia. Según informaciones de los servicios de inteligencia españoles, existe un plan del gobierno ruso para monopolizar los accesos energéticos tradicionales (petróleo y gas) a Europa. Justo en el momento en el que los rumores de compra de la española Repsol por la rusa Lukoil (antes se apuntó a la pública Gazprom) toman cuerpo de noticia.

Tras, como decimos, veinte años, justo cuando el modelo económico occidental está un tanto en entredicho, no es éste (el capitalismo) el motivo de enfrentamiento, si no la causa tradicional e histórica de las confrontaciones entre naciones: la riqueza. La riqueza del siglo XXI, la energía. Una riqueza en la que Estados Unidos y Rusia son competidores tanto en reservas como en explotación, con inmensos intereses en atraerse políticamente gobiernos de otros países productores (Irak, Irán, Venezuela…); treinta, cuarenta, cincuenta años después de guerras por diferentes razones (no energéticas) en Corea, Vietnam, Afganistán…

Con el final de la Guerra Fría, el mundo presenció un supuesto triunfo del capitalismo en su versión más radical frente al comunismo. Una versión radical que ahora se nos presenta como muerta. A su vez, desde la izquierda sugió un movimiento renovador, la llamada Tercera Vía, cuyos máximos exponentes fueron Tony Blair y Gerhard Schöder, dos socialdemócratas que, en dos de las principales potencias europeas, cuando el capitalismo triunfó, colocaron en el gobierno a partidos de centroizquierda (tras largos gobiernos conservadores de Tatcher y Kohl). Pero, pese a mantener una base ideológica similar, la deriva de ambos ha sido sustancialmente divergente: la imagen del primero de ellos, el gran artífice de la renovación, ha caído en picado por su aprente sumisión al gobierno de George W. Bush. El segundo, tras retirarse de forma honrosa de la política (logró que su partido, casi desahuciado públicamente, sea fuerza de gobierno en el actual gabinete socio-conservador liderado por Merkel), ha pasado a la actividad privada. Una actividad privada en el mercado energético, como Presidente del Comité de Socios de la Junta Directiva del Gasoducto Noreuropeo. Tras este largo nombre, se esconde un proyecto financiado, fundamentalmente desde Rusia, con el objetivo de exportar gas por el Báltico hasta occidente, evitando países ex-comunistas (con fuerzas políticas potencialmente anti-rusas). Curiosamente, los dos líderes emergentes de la nueva política, acabaron sus carreras refugiados entre los restos distantes del conflicto anterior.

Pues precisamente en este punto de crisis, de renovación gubernamental en Estados Unidos, en el que el planteamiento político tradicional está discutido, emerge de nuevo Rusia como potencia internacional en expansión, confirmando las previsiones de un nuevo enfrentamiento frío con Rusia. Sólo queda saber quién estará al otro lado. ¿Estará Estados Unidos? ¿Estaremos todos los países “occidentales”? ¿Qué pensará Schröder? ¿De qué lado estará? ¿Caerá en el ostracismo de Tony Blair? ¿Se le pedirán públicamente hipotéticas responsabilidades? Respondiendo a las dos últimas preguntas probablemente, no.

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