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Mestizaje público en España

Publicado por Guillermo Muñoz Díaz en Viernes, 12 Diciembre, 2008

El pasado martes 9 de diciembre, el diario El País, publicó un artículo de opinión del escritor Jordi Soler, quien al hilo de la reciente elección de Barack Obama como presidente de los EE. UU. y del análisis del programa de Jon Snow en una televisión británica, realizaba una crítica a la sociedad europea que con tanto entusiasmo recibió la elección de Obama, por su poca colaboración para lograr un mestizaje como el británico o un ascenso en el poder de las minorías como el estadounidense.

Si bien la intencionalidad final del texto y las ideas que refleja no generan dudas, ya que su objetivo final, parece, es el de una correcta convivencia más allá de las diferencias raciales, cabría matizar ciertos detalles, para no dar una imagen sesgada de nuestra sociedad ni caer en la búsqueda de objetivos un tanto utópicos y probablemente poco prácticos.

 

Al plantear el caso de los miembros de un telediario británico y del futuro presidente estadounidense, el autor olvida ciertas realidades que alejan a España de los ejemplos citados. En primer lugar, en nuestro país, la mayor parte de los inmigrantes realizan trabajos de baja cualificación y son inmigrantes de primera generación. Este nivel de cualificación los sitúa en una posición de cierta inestabilidad laboral y en muchos casos, de baja remuneración. Esto se convierte en un gravísimo obstáculo para el acceso a profesiones que requieren estudios universitarios, como por ejemplo, los relacionados con el mundo de la comunicación. Del mismo modo, la carencia de este grado académico es, de facto, un impedimento para el desarrollo de una carrera política (pocos han sido los políticos en nuestro país que no han cursado estudios universitarios). Otra de las vías de promoción política y administrativa es el empleo público, coto cerrado (hasta el momento) a los inmigrantes.

 

La escasez de inmigrantes de segunda generación es otra de las razones por la que no existe representación: más allá del razonamiento académico, un inmigrante de primera generación, en comparación con el caso de Obama y la minoría negra de EE. UU., no tiene la nacionalidad española, condición sine qua non para su aceptación legal y también social. Serían pues los hijos de éstos los elegibles a los que debería referirse el autor, posponiendo en el tiempo la realización del objetivo. También debe tenerse en cuenta que la educación universitaria y la estabilidad laboral (cuyo paradigma lo encontramos en el funcionariado) son dos de las principales metas de las familias de la clase media. Y, de nuevo, la situación actual de la inmigración aleja los deseos del autor de la realidad. En nuestras universidades aún hay pocos estudiantes de origen foráneo en comparación con los que no alcanzan tal graduación. Esta situación es muy distinta en Estados Unidos o Reino Unido, donde tras años de convivencia, con hijos de inmigrantes (segundas y terceras generaciones), ciudadanos de pleno derecho, acceden a todos los grados de formación, requisito necesario para la promoción social y laboral, antesala, en las democracias liberales, de la promoción política y administrativa.

 

Llevar a cabo, en este momento, políticas de discriminación positiva como se están produciendo actualmente con las mujeres, sería caer en el absurdo y el despropósito: la realidad del colectivo femenino no es aplicable al de los inmigrantes: las ciudadanas españolas sí acceden con regularidad a estudios de todo tipo o empleo público (la asignatura pendiente son los puestos directivos). Las mujeres, por tanto, son parte de la clase media. Y en el sistema actual, el espejo social de los avances, de las políticas y también de los medios (por citar los ejemplos de Jordi Soler), están en la clase media.

 

Por tanto, la verdadera tarea y el objetivo fundamental del gobierno y de la sociedad (extensibles a toda Europa) no es alcanzar con premura una cuota de minorías (fijada por ley o no) en puestos representativos, sino lograr integrar a la población inmigrante (en muchos casos, ya con nacionalidad española) en la clase media, principal plataforma para el avance social. De este modo sí podremos compararnos con países anglosajones, incluso, si es pertinente, tomar iniciativas similares que consigan, definitivamente alejar la conflictividad social asociada a fenómenos migratorios como la experimentada en Francia durante 2005.

 

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La nueva Rusia, la energía… y Schröder

Publicado por Guillermo Muñoz Díaz en Jueves, 20 Noviembre, 2008

Con la caída del Muro de Berlín, se cerró la Guerra Fría. Y veinte años después, no faltan voces que apuntan a una reedición de la confrontación, nuevamente contra Rusia. Según informaciones de los servicios de inteligencia españoles, existe un plan del gobierno ruso para monopolizar los accesos energéticos tradicionales (petróleo y gas) a Europa. Justo en el momento en el que los rumores de compra de la española Repsol por la rusa Lukoil (antes se apuntó a la pública Gazprom) toman cuerpo de noticia.

Tras, como decimos, veinte años, justo cuando el modelo económico occidental está un tanto en entredicho, no es éste (el capitalismo) el motivo de enfrentamiento, si no la causa tradicional e histórica de las confrontaciones entre naciones: la riqueza. La riqueza del siglo XXI, la energía. Una riqueza en la que Estados Unidos y Rusia son competidores tanto en reservas como en explotación, con inmensos intereses en atraerse políticamente gobiernos de otros países productores (Irak, Irán, Venezuela…); treinta, cuarenta, cincuenta años después de guerras por diferentes razones (no energéticas) en Corea, Vietnam, Afganistán…

Con el final de la Guerra Fría, el mundo presenció un supuesto triunfo del capitalismo en su versión más radical frente al comunismo. Una versión radical que ahora se nos presenta como muerta. A su vez, desde la izquierda sugió un movimiento renovador, la llamada Tercera Vía, cuyos máximos exponentes fueron Tony Blair y Gerhard Schöder, dos socialdemócratas que, en dos de las principales potencias europeas, cuando el capitalismo triunfó, colocaron en el gobierno a partidos de centroizquierda (tras largos gobiernos conservadores de Tatcher y Kohl). Pero, pese a mantener una base ideológica similar, la deriva de ambos ha sido sustancialmente divergente: la imagen del primero de ellos, el gran artífice de la renovación, ha caído en picado por su aprente sumisión al gobierno de George W. Bush. El segundo, tras retirarse de forma honrosa de la política (logró que su partido, casi desahuciado públicamente, sea fuerza de gobierno en el actual gabinete socio-conservador liderado por Merkel), ha pasado a la actividad privada. Una actividad privada en el mercado energético, como Presidente del Comité de Socios de la Junta Directiva del Gasoducto Noreuropeo. Tras este largo nombre, se esconde un proyecto financiado, fundamentalmente desde Rusia, con el objetivo de exportar gas por el Báltico hasta occidente, evitando países ex-comunistas (con fuerzas políticas potencialmente anti-rusas). Curiosamente, los dos líderes emergentes de la nueva política, acabaron sus carreras refugiados entre los restos distantes del conflicto anterior.

Pues precisamente en este punto de crisis, de renovación gubernamental en Estados Unidos, en el que el planteamiento político tradicional está discutido, emerge de nuevo Rusia como potencia internacional en expansión, confirmando las previsiones de un nuevo enfrentamiento frío con Rusia. Sólo queda saber quién estará al otro lado. ¿Estará Estados Unidos? ¿Estaremos todos los países “occidentales”? ¿Qué pensará Schröder? ¿De qué lado estará? ¿Caerá en el ostracismo de Tony Blair? ¿Se le pedirán públicamente hipotéticas responsabilidades? Respondiendo a las dos últimas preguntas probablemente, no.

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Sobre la crisis

Publicado por Guillermo Muñoz Díaz en Lunes, 17 Noviembre, 2008

Probablemente, la palabra más repetida por los medios en los últimos meses o al menos la que más alcance ha tenido, ha sido crisis. Concrétamente, la expresión es la crisis. Una crisis global y doméstica, ya que al parecer, en nuestro caso, las caracterísiticas de nuestra economía marcan su desarrollo e impacto (aunque uno puede pensar, con todo el apoyo de la lógica, que eso ha de ser así en todos y cada uno de los países del mundo).

Curiosamente, esta crisis financiera, en España no ha golpeado directamente a las entidades bancarias e hipotecarias, sino a los implicados en esas transacciones: los compradores de viviendas y los constructores. Nuestra economía, según repetían, de nuevo, los medios, descansaba en la pujanza del sector de la construcción, pero el soporte era frágil: la burbuja inmobiliaria. Arrastrada por la tormenta finaciera, la burbuja explotó y como todos sabemos, la economía empeoró. Y a pie de calle, los indicadores económicos son claros: precios y empleo. Y España presenta los peores datos de empleo en más de diez años. ¿Se debe únicamente a datos de la construcción? No.

En las últimas semanas desayunamos con noticias en las que, de nuevo, otra palabra se repite de forma constante y amenazante: ERE. SEAT, Nissan, Ford… son numerosas las empresas automovilísiticas que anuncian o planean presentar Expedientes de regulación de empleo, muestra del impacto de la crisis en el sector.

Aplicando la lógica, podríamos decir que las grandes inversiones materiales de las familias a largo plazo son, sin duda alguna, el binomio casa-coche. Y si el ciudadano medio nota la crisis en su día a día, evidentemente, a nivel empresarial, los sectores de la construcción y del automóvil parecen los más afectados.

Pero no es la lógica, sino la realidad la que nos muestra la gravedad de la relación entre la crisis y el sector automovilístico: los automóviles han sido, durante el periodo de bonanza económica, el producto más exportado en España. Y este dato, curiosamente es omitido por la gran mayoría de los medios. Frente a la esperada explosión de la burbuja inmobiliaria, parece ser que nadie preveía la catastrófica situación de la industria del motor.

Tan extraño resulta pensar en España como país productor de automóviles que no sólo los propios ciudadanos lo ignoramos, sino que en su momento, tal dato causó estupor en un colaborador del saliente presidente de los Estados Unidos George Bush, cuando el ex presidente Aznar, al ser preguntado por cuál era el principal producto de la importación española le respondió con un escueto “cars“.

Y veremos en 2009, en el año de la recesión de la eurozona, qué palabras nos repiten los medios. Tal como están las cosas, esperemos que una de ellas no sea turismo.

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