El pasado martes 9 de diciembre, el diario El País, publicó un artículo de opinión del escritor Jordi Soler, quien al hilo de la reciente elección de Barack Obama como presidente de los EE. UU. y del análisis del programa de Jon Snow en una televisión británica, realizaba una crítica a la sociedad europea que con tanto entusiasmo recibió la elección de Obama, por su poca colaboración para lograr un mestizaje como el británico o un ascenso en el poder de las minorías como el estadounidense.
Si bien la intencionalidad final del texto y las ideas que refleja no generan dudas, ya que su objetivo final, parece, es el de una correcta convivencia más allá de las diferencias raciales, cabría matizar ciertos detalles, para no dar una imagen sesgada de nuestra sociedad ni caer en la búsqueda de objetivos un tanto utópicos y probablemente poco prácticos.
Al plantear el caso de los miembros de un telediario británico y del futuro presidente estadounidense, el autor olvida ciertas realidades que alejan a España de los ejemplos citados. En primer lugar, en nuestro país, la mayor parte de los inmigrantes realizan trabajos de baja cualificación y son inmigrantes de primera generación. Este nivel de cualificación los sitúa en una posición de cierta inestabilidad laboral y en muchos casos, de baja remuneración. Esto se convierte en un gravísimo obstáculo para el acceso a profesiones que requieren estudios universitarios, como por ejemplo, los relacionados con el mundo de la comunicación. Del mismo modo, la carencia de este grado académico es, de facto, un impedimento para el desarrollo de una carrera política (pocos han sido los políticos en nuestro país que no han cursado estudios universitarios). Otra de las vías de promoción política y administrativa es el empleo público, coto cerrado (hasta el momento) a los inmigrantes.
La escasez de inmigrantes de segunda generación es otra de las razones por la que no existe representación: más allá del razonamiento académico, un inmigrante de primera generación, en comparación con el caso de Obama y la minoría negra de EE. UU., no tiene la nacionalidad española, condición sine qua non para su aceptación legal y también social. Serían pues los hijos de éstos los elegibles a los que debería referirse el autor, posponiendo en el tiempo la realización del objetivo. También debe tenerse en cuenta que la educación universitaria y la estabilidad laboral (cuyo paradigma lo encontramos en el funcionariado) son dos de las principales metas de las familias de la clase media. Y, de nuevo, la situación actual de la inmigración aleja los deseos del autor de la realidad. En nuestras universidades aún hay pocos estudiantes de origen foráneo en comparación con los que no alcanzan tal graduación. Esta situación es muy distinta en Estados Unidos o Reino Unido, donde tras años de convivencia, con hijos de inmigrantes (segundas y terceras generaciones), ciudadanos de pleno derecho, acceden a todos los grados de formación, requisito necesario para la promoción social y laboral, antesala, en las democracias liberales, de la promoción política y administrativa.
Llevar a cabo, en este momento, políticas de discriminación positiva como se están produciendo actualmente con las mujeres, sería caer en el absurdo y el despropósito: la realidad del colectivo femenino no es aplicable al de los inmigrantes: las ciudadanas españolas sí acceden con regularidad a estudios de todo tipo o empleo público (la asignatura pendiente son los puestos directivos). Las mujeres, por tanto, son parte de la clase media. Y en el sistema actual, el espejo social de los avances, de las políticas y también de los medios (por citar los ejemplos de Jordi Soler), están en la clase media.
Por tanto, la verdadera tarea y el objetivo fundamental del gobierno y de la sociedad (extensibles a toda Europa) no es alcanzar con premura una cuota de minorías (fijada por ley o no) en puestos representativos, sino lograr integrar a la población inmigrante (en muchos casos, ya con nacionalidad española) en la clase media, principal plataforma para el avance social. De este modo sí podremos compararnos con países anglosajones, incluso, si es pertinente, tomar iniciativas similares que consigan, definitivamente alejar la conflictividad social asociada a fenómenos migratorios como la experimentada en Francia durante 2005.
