Si crees que Dios existe, es que no has visto la tienda de ortopedia que hay debajo de mi casa.
Acabo de leer esa frase. Debajo de mi casa también hay una ortopedia y tiene un gran escaparate. Se suele decir que los escaparates de las ortopedias son desagradables. Para mí son absurdos, innecesarios. Un escaparate muestra una selección de los artículos del establecimiento, pero, fundamentalmente, trata de generar un estímulo de compra, en muchos casos, no planificado por el comprador. Los dueños de las ortopedias se empeñan en mostrar muletas, sillas de ruedas o prótesis (probablemente desconocen la existencia de profesionales llamados “escapartistas”) olvidando que nadie en su sano juicio (únicamente fetichistas de las extremidades plásticas o metálicas) se lesionaría voluntariamente para comprar algo. Como complemento comercial, también venden productos de parafarmacia o incluso deportivos (protecciones, calentadores…), que curiosamente, la gran mayoría prefiere comprarlos en tiendas más acogedoras. Así, el escaparate se convierte en un escudo anticlientes.
Pero lo verdaderamente paradójico de la tienda de ortopedia que hay debajo de mi casa es que para entrar, hay que bajar unas escaleras.
